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© Undeseo

La Flor del Mediterráneo

En medio de los mares del sur, cerca de las costas de Italia, está el Hotel Marenostrum. Una pequeña isla completamente edificada. Su dueña, Carla, es conocida como La Flor del Mediterráneo. Aficionada a la lectura y a la música, tiene por costumbre pasar las tardes en su jardín privado esperando a su amor. Y este nunca falla, el hidroavión dorado pasa cada día regalándole un par de tirabuzones. Ella sabe que son simples piruetas, pero esas acrobacias riegan La Flor del Mediterráneo mantienéndola joven y fresca. Ya en verano o en invierno, mientras pase el hidroavión Carla no cesa de sonreír moviendo su pamela. Poco a poco, los hombres que la deseaban desistían uno tras otro en sus anhelos de amor. Y sólo los recién llegados se enamoraban inútilmente.
Un día, el hidroavión dejó de pasar. Todos sus pretendientes fueron a consolarla con el deseo de verla caer en sus brazos. Pero no sucedió. En realidad, era más feliz que nunca. Había vuelto a nacer. Pasaron los años y Carla se había hecho mayor. Ya no era la más bella, ni la más deseada. Pero mantenía el encanto y la simpatía de sus mejores años.
Un mañana de primavera, llegó un hombre al hotel. Se le veía mayor y cansado. No traía maletas. Sólo el traje que vestía. No necesitaba más. En cuanto entró por la puerta Carla fue corriendo hasta él. Se abrazaron tan fuerte como pudieron y salieron a toda prisa para no volver nunca.

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Esas botas viejas

Toda una década llevando las mismas botas. Día tras día. No hubo camino que se resistiera. Vagando arriba y abajo, en moto, en coche, daba igual. A las botas eso no les importaba. Juntos recorrimos los desiertos, los ríos y las carreteras. Y mientras yo recogía los besos y las aventuras, las botas se llenaban de los corazones y los mañanas. Así íbamos a todas partes, con los sueños rotos y el dinero de los otros. Noches a la luz de Luna y días sin sol. Nada parecía cambiar. Pero el joven se hizo mayor. Y el amor. Y el valor. Se mostraron por fin. Las botas, cicatrizadas por el presente, se quedaron ahí, justo antes de ella. Entonces decidieron no volver a caminar, porque ya no había dónde ir.

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El gato soñador

Érase una vez... Un gato que dormía bajo la luz de la luna. Acariciado por la suave brisa de la noche soñaba que dormía después de haber tomado un poco de leche, acurrucado, calentito junto al fuego de la chimenea; y entonces soñaba que era un gatito que dormía después de largas horas de juego; que a su vez soñaba que era un gato feliz de haber visto a su gatita y se tomaba un merecido descanso; soñando que era un gato viejo al que acariciaba una ancianita mientras soñaba profundamente... y soñaba que soñaba que soñaba que soñaba... sin que para él existieran la vida y la muerte. Sólo los sueños. Disfrutando en la eternidad donde se vive de los sueños, por los sueños y para los sueños.

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El príncipe y la princesa

Érase una vez... un príncipe que no mató al dragón y no salvó a la princesa; porque no había nadie a quien rescatar. El príncipe volvió junto al Rey y éste le suplicó por la vida de su hija: "Es todo cuanto tengo." Le dijo. Entonces el joven emprendió el viaje en busca de la princesa.
El príncipe recorrió el mundo entero sin fortuna. Hasta que un día, cabalgando por el bosque, llegó hasta una casita de paredes blancas con un tejado de paja. Afuera, junto al sendero que llevaba a la puerta, había un gran caldero negro que se sostenía en pie gracias a un montículo de piedras. El príncipe, hambriento, se acercó hasta él, y justo cuando recogía el cucharón del suelo; una vieja bruja salió del interior de la casita. "Ese caldero es mágico, joven príncipe. Si miráis fijamente el reflejo del agua, podréis ver el lugar en el que se encuentra vuestra princesa." El príncipe se asomó por el ojo del caldero y se vio reflejado en el agua. Miró y miró sin lograr ver nada más que no fuera su propia imagen. Hasta que notó algo extraño. Su reflejo no mostraba el cielo y las ramas de los árboles que había a sus espaldas. El príncipe se giró y lo encontró todo oscuro, volvió su vista de nuevo hacia el agua y vio la imagen sonriente de la bruja mirando a través del agujero. El joven príncipe había sido encerrado en el interior del caldero. Entonces, la vieja bruja llenó una copa con el agua y bebió de ella para transformarse en una hermosa joven.
Y así cada día. Mientras aquella mujer lograba unos efectos más longevos, el joven príncipe iba envejeciendo. Finalmente, la fortuna se alió con el príncipe. La mujer llegó tan vieja al caldero, tan torpe y temblorosa, que se apoyó mal y lo tiró sin querer. El hechizo se rompió y príncipe fue liberado transformando a la bruja en una gatita negra.
El príncipe cogió a la gatita y se presentó ante el Rey. Después de contarle su desventura, su majestad exclamó: "¿Y bien?" Aquel que en su día fuera joven, se agachó para soltar a la gatita. Ésta se subió a lomos del Rey y éste la acarició con dulzura. "¿Dónde está mi hija?" Le insistió al ver que el príncipe se iba. Y el príncipe le respondió: "Vuestra hija está en el mismo lugar en el que siempre estuvo y del cuál nunca salió. Nuestra princesa está en vuestro corazón, en el mío, en el de todos."

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Encuentro bajo la lluvia

Una fina lluvia empieza sobre la ciudad, suenan las trompetas del cielo. Por encima de las nubes, los dioses se reúnen para jugar una partida de cartas que promete ser un auténtico aguacero. En la tierra, un gato vagabundo busca refugio mientras la lluvia cae cada vez con más fuerza; se esconde en un portal y mira el agua caer. Un par de niños corren cogidos de la mano. El dueño del bar coloca varios diarios en la entrada de su local. El gato se sienta. Espera que cese la lluvia.
A su lado está una niña sosteniendo un pequeño paraguas. Una niña de apenas cuatro años que se lo mira embobada. Con respeto, con miedo y admiración acerca su mano e intenta de tocarlo. El gato, muy tranquilo, gira la cabeza con frialdad y pestañea lentamente. Luego vuelve a mirar la lluvia caer sobre la acera. La niña retira la mano al instante y se da la vuelta. Pasado un momento, se valancea con disimulo y da un paso lateral situándose junto al gato. En un rápido movimiento, le toca una de las orejas al gato y corre hasta el otro lado del portal protegiéndose con el paraguas. Pero no ocurre nada.
La niña mira por encima de su paraguas y ve al gato todavía sentado. Preocupado por saber cuándo cesará la lluvia. La pequeña se acerca ahora con más confianza y acaricia al gato con ternura. Éste responde moviendo el cuello de un lado para otro y maullando con aprobación. "Vamos", dice la niña invitando al gato a salir del refugio. El animal se la mira contrariado. Ella lo invita de nuevo girando sobre sí misma para enseñarle que no llueve bajo el paraguas. Tras una larga insistencia, el gato acepta y se arrima a las botas de agua.
Juntos caminan unos metros. Se detienen en medio de la acera porque no saben dónde ir. Entonces suena el claxon de un choche. Los padres de la niña acaban de llegar.

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El caballo de carreras

Veloz como el viento, como una flecha en llamas que recorre los verdes prados. Ese zaino corría libre aunque no lo era. Su dueño era un hombre cruel que se deshizo de su último caballo ganador a golpes de pala porque engordó dos kilos antes de presentarse a un importante derbi. Afortunademante, él no compite. Él juega muy cerca del corcel negro que gana y gana cada carrera desde la última semana. Un hermoso ejemplar árabe que no pudo ganar la mañana del domingo. Entonces el dueño, contrariado por el destino, se recogió las mangas de la camisa y asió un rastrillo de acero de cuatro dientes. Estuvo más de dos horas con ella encerrado en el establo. Al día siguiente, aquella pura sangre lo dio todo. Terminó última con las heridas abiertas y su jinete manchado de sangre. Nada más entrar en el establo, el dueño pidió que le trajeran su escopeta. Allí desapareció aquella espléndida yegua negra.
Poco después el dueño se fijó en él. Su nuevo juguete era rápido, descarado y con un final explosivo. Puro fuego. Pero no le convencía, lo puso a prueba en un par de carreras y fracasó. Después de molerlo a palos varias veces; decidió tener paciencia.
Aquel hombre observó a su caballo durante dos días seguidos hasta que por fin dio con la respuesta. Su caballo no sólo era un corredor, era un saltador. Fue un gran descubrimiento, las carreras de obstáculos tienen más apostantes que las normales y el caballo no defraudó. Empezó a ganar y a ganar y a ganar, ganar sin parar. En cualquier país, contra cualquier rival y bajo cualquier circunstancia. Nada ni nadie era capaz de hacerle sombra. Pero no era el único caballo del establo, aquel hombre competía en codicia como competían sus caballos por llegar los primeros a la meta. Y uno había agotado su paciencia. Un alazán argel que permanecía estirado lamiéndose la pata que se había roto en la última vuelta. El hombre, enfurecido, daba vueltas y más vueltas pensando en cómo matar al animal haciéndole pagar todo el dinero que había invertido en él. Enloquecido por la ira pidió un hacha. Su ayudante se la entregó tembloroso y él fue directo al establo del alazán. Apartó un cubo de agua de una patada y se plantó frente a frente. Mientras el argel lo miraba con pena y tristeza él agarró el hacha con ambas manos. Cargó el golpe con toda su furia y se detuvo. Su campeón se había interpuesto. Altivo, majestuoso. El caballo lo miraba desafiante. Aquella noche la constelación de Pegaso brilló como nunca antes había brillado.

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La piscina

El sol brilla sobre la piscina y la monitora pasea descalzo por las losetas. Al llegar cerca de la escalera se arrima a la verja cogiéndose a la red metálica para ver pasar los coches. Poco después vuelve la cabeza melancólica. Se sienta dejando que sus pies se remojen y mira el brillo del agua. Por su cabeza vuelven a pasar los buenos momentos con la panda de mocosos a los que daba clase. Ella sonríe. No puede evitarlo. Se levanta y se coloca las gafas. Sube uno de los trampolines y se lanza de cabeza. Bucea con los ojos cerrados hasta que ya no puede más y asoma lentamente la cabeza. Entonces abre los ojos. El sol se ha escondido y brillan las estrellas. Un impresionante cielo estrellado se refleja en el agua de la piscina. La chica da un par de brazadas hasta ver una luz que brilla en la parte más profunda. Intrigada, coge aire y se sumerge. Es una rosa. En el fondo de la piscina hay una rosa roja abierta de par en par. La chica acerca sus dedos para acariciarla...
Pero abre los ojos repentinamente incordiada por la luz del sol. "Ha sido un sueño." Se dice decepcionada mientras se protege los ojos con la mano. La chica se incorpora y mira la piscina. Está vacía. Hace más de dos años que el ayuntamiento dejó abandonada esta piscina al aire libre. Ahora ya no viene nadie. Sólo está ella, sentada con las piernas cruzadas sobre una toalla, observando todos los rincones de la piscina. Mirando las plantas que han crecido entre las baldosas dentro de la piscina. Pensando en todos aquellos a los que enseñó a nadar y en lo divertido que fue. De todo aquello ahora solo queda el sol del verano; que brilla con intensidad haciendo brillar algo en el fondo de la piscina. Algo escondido junto a una margarita. La chica baja por la escalera y da un pequeño salto hasta el suelo. Se acerca a la flor y sonríe incrédula. "¡Es mi pendiente!" Se sorprende. La chica recoge su pendiente recordando recuerdos que parecían ya olvidados. Olvidando su sueño por completo.

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